Pregunta
Hola, maestro Kosen:
A menudo oigo decir que practicar zazen «no consiste en hacer el samsara más cómodo para el ego». De acuerdo. Además, no veo cómo se podría conseguir. Estos últimos años me han reprochado mucho que busque en la práctica de zazen un modo de tratar esa porquería a la que llaman «psicosis maniacodepresiva o trastorno bipolar», mientras me esfuerzo al mismo tiempo por tener una práctica correcta de zazen: mushotoku, shikantaza... Cada vez que afirmo en un mondo, con convicción inamovible, que ambas cosas son posibles a la vez, me reprenden duramente.
Adopté este enfoque porque esta enfermedad tan incapacitante es un serio impedimento para la práctica regular de zazen. La he sufrido terriblemente durante años, porque me destrozaba la vida social y espiritual. Un día me harté, mandé a paseo a los psiquiatras y dejé de escuchar a los veteranos y enseñantes de zen que me dicen que mi práctica no es correcta. Decidí acabar con la bipolaridad.
Investigué por mi cuenta sobre la plasticidad del cerebro. Y llegué a la conclusión de que, aunque los medicamentos sean necesarios para estabilizar la química, por desgracia rigidizan la configuración cerebral porque hacen el trabajo en lugar de las neuronas. Relacioné todo eso con lo que el maestro Deshimaru escribió sobre el cerebro en varios libros y establecí una estrategia de guerra sin cuartel. El enemigo número uno: la depresión crónica. El arma letal: la espada de zazen, la fe en zazen. El método: cuanto más me deprimo, más zazen hago, más sesshin y más práctica en solitario, generalmente de junio a diciembre. Lo que más me reprochan es que afirme abiertamente: «Sí, aprovecho todos los recursos del zen —la postura, zazen, la respiración, la disciplina e incluso samu— no solo para tratarme, sino para curarme por completo de mi enfermedad psíquica». En el peor de los casos recibo una severa reprimenda; en el mejor, una sonrisa tierna...
Porque o el cerebro es plástico o no lo es. Y, si lo es —por lo que he entendido, Deshimaru dice de diversas maneras que el cerebro es un sistema dinámico en permanente reconfiguración—, entonces sí, zazen y todo lo que lo acompaña tiene el poder de reconfigurar el sistema y modificar por completo la química cerebral. Y a mí me funciona. Empecé a imponerme una disciplina férrea hace dos años. Todavía tengo episodios de bajón, pero muy atenuados, y ya no necesito antidepresivos, somníferos, ansiolíticos ni otras drogas. Eso sí, las he pasado canutas.
La pregunta final que quiero hacerle, maestro Kosen, es esta: ¿hago mal en convertir zazen en un objeto de fe para acabar con esta «m...»? ¿Me he equivocado, extraviado o engañado al tomar deliberadamente zazen como un arma de combate? Aunque mi objetivo sea eliminar el obstáculo y llegar a practicar sin las trabas de esta maldita enfermedad atadas a los pies.
Gracias.
Paul David
paul-david
Respuesta del maestro Kosen
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Tengo un amigo en Argentina a quien aprecio especialmente por varios motivos, como su inteligencia, su valor, su humor y su talento. En fin.
Durante varios años dejamos de verle; así es la vida, ¿qué quiere que le diga?
El caso es que, unos años después, reaparece y vuelve a la práctica.
¡Pero qué transformación! Él, que aborrecía el samu, hacía tres veces más que todos los demás, y siempre con una sonrisa, nada menos. En cuanto a los zazen, que a veces había que practicar con mucho calor... Él, que antes iba más bien a rastras, ¡ahora corría al dojo lloviera, hiciera viento o hubiera una ola de calor!
Después de una semana de práctica a su lado, no pudimos contenernos y le preguntamos qué había producido semejante metamorfosis.
Su respuesta fue sencilla y directa: «Me han recetado un nuevo antidepresivo y, créanme o no, todo lo que antes no soportaba del zen ahora me parece extraordinariamente agradable.
Con ese medicamento adoro todo lo que antes odiaba».
Y tampoco pudimos resistirnos a preguntarle con interés: «¿Cómo has dicho que se llama tu remedio?».
Kosen