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Problemas en la práctica: testimonio

Maestro Kosen – Publicado el 14 de marzo – self-and-others

Pregunta

Hola, Stéphane, me llamo [xxx], tengo 30 años, soy argentina y practico zazen desde marzo.
Escribo este correo porque observo agresividad en las sesshin.
Hace unos días participé en mi segunda sesshin y me propusieron encargarme del servicio. Acepté, dejando claro que necesitaba que me guiaran porque no conocía las ceremonias y había cosas que para mí NO ERAN EVIDENTES.
De acuerdo con el equipo de servicio, yo servía la mitad derecha del dojo. Cometí mi primer error en la primera guenmai, cuando no serví el té a todo el mundo, sino que repartí los termos para que la gente se sirviera. Me di cuenta de mi error cuando la mitad de las personas ya se habían servido el té. Después me preguntaron por qué no había servido a quienes faltaban y si me había dado cuenta, y respondí: «A todo el mundo o a nadie; todo el mundo es
importante o no lo es nadie»… «No creo que Buda se haya enfadado; otro día le invito a comer un buen plato».
Al día siguiente, cuando había terminado de servir la parte que me correspondía, advertí que no habían traído los termos, así que acordé en voz baja con otro miembro del equipo ir a buscar el té. Al volver con los termos se desencadenó la discusión. La monja que dirigía, furiosa, me dijo de muy malos modos que no debía levantarme, que faltaba gente para servir la guenmai. Me pregunté si hablaba de mí de esa manera y me quedé perpleja; la monja me sacó de mi perplejidad dirigiéndose a mí muy enfadada y diciendo: «Ayuda a servir». Pensé en levantarme e invitarla a ayudarnos a servir, recordándole que el capitán es el último en abandonar el barco. Me avergonzó y me puso en evidencia delante de cuarenta personas.
Cuando terminó la ceremonia le pedí que volviera a explicarme mi error, porque no lo había entendido muy bien, y la monja me lo explicó con mucha amabilidad. «¡Qué confusión! ¡Qué mente esquizoide! ¡El doctor Jekyll y el señor Hyde!». Baja el tono para explicármelo de igual a igual fuera del dojo y, en su papel de monja, ejerce esa violencia. Después me explicó que así iba a aprender. Trabajo en el sector de la educación y la rehabilitación de personas con discapacidad y estoy en condiciones de cuestionar los métodos de enseñanza y aprendizaje. No todos aprendemos mediante la exposición y la agresividad en público. Después del incidente me eché a llorar… Le dije a la monja que, aunque me hubiera dado cuenta de que faltaba gente para el servicio, igualmente me habría levantado a buscar el té, porque no conozco esas cosas evidentes. También le dije que había abusado de su poder.
Los demás me consolaron diciendo que lo entendería con el tiempo. ¿Lo entenderé con el tiempo o con el tiempo los malos tratos me parecerán normales? Me dijeron: «Bienvenida al mundo del zen».
El maltrato parece ser un mérito: «A mí me ha echado una bronca Kosen, y no sabes cómo grita». ¿Perdón? Si tú me hubieras gritado, Stéphane, te habría invitado a tomarte tu tiempo y a dirigirte a mí de mejores maneras…
Volví desilusionada de mi primera sesshin. Vi a los monjes discutir por un centímetro de safuton, boicotearse entre ellos, hacer bromas durante zazen y ridiculizar a quien les pedía silencio. Ante mi sorpresa me dijeron: «Somos seres humanos y hay que acoger las diferencias». ¿Qué diferencias? Una cosa es acoger las diferencias y otra aguantar a un maleducado. ¿Qué parte de la frase
«silencio, estamos en zazen» no puede comprender un adulto? Los he oído quejarse de las cucharillas de café, confundiendo la sesshin con un balneario.
Quiero mencionar que también he conocido a personas que, con sus gestos amables y su espíritu humilde, nos han permitido iniciarnos y nos han hecho sentir a gusto, generando la sensación de que el zazen puede practicarse juntos. Quizá estoy en el lugar equivocado, practicando algo que realmente quiero practicar.
Te envío mis saludos y te agradezco el tiempo dedicado a leer este mensaje.

Anónimo

Respuesta del maestro Kosen

Lamento de verdad tanta estupidez, y eso no se corresponde en absoluto con lo que deseo.
Seguramente mi enseñanza es mala, puesto que da semejante resultado.
Aunque los jefecillos brotan espontáneamente por todas partes, te pido disculpas por haber enseñado tan mal a mis discípulos.
Con mi maestro Deshimaru ocurría lo mismo: asustaba a la gente y decían: «Cuando Deshimaru se enfada, es terrible».
Es cierto que sus enfados podían ser terribles, pero por buenas razones, y era muy poco frecuente.
En general era cortés y muy paciente; la prueba es que me soportó durante quince años con tanto amor que no me bastaría una vida para devolvérselo. Era respetuoso y muy amable, sobre todo con los principiantes.
Diles a mis discípulos argentinos, de mi parte, que quiero que sean amables, que se hablen con amor, que eso es más importante que las ollas de guenmai o los termos de café. Detesto a los polis y a los fascistas, detesto a los jefes y las jerarquías.
Siento mucho escuchar un testimonio así.

Kosen


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