Pregunta
Cuando aquellos hombres me hablaban, a veces utilizaban versículos del Corán que primero recitaban en árabe y después me traducían. No hablo árabe, pero oía unos sonidos muy puros, muy nobles, y les dije: «Hablan un árabe muy puro». Entonces me respondieron: «¿Habla usted árabe?». Les contesté: «No, solo unas palabras, pero a veces comprendo muchas lenguas sin haberlas aprendido». Me dijeron: «Es usted una persona muy despierta para poder distinguir que utilizamos un árabe muy antiguo. ¿Por qué pregunta a un ser humano —a ti—? En el Corán, Alá se define así: no hay otro Dios que Dios. Debe preguntar directamente a Dios y solo a Dios, y Dios le dará la respuesta». Les respondí que me parecía sano cuestionarme y someterte mis preguntas para no creer que ya había comprendido y para no cometer errores, pero que, efectivamente, al estar Dios en mí, la respuesta vendría de mi práctica. Me respondieron: «Siempre hay alguien con una comprensión mayor que la de uno mismo, incluso para un maestro; por eso debe preguntar directamente a Dios y él le traerá la respuesta». Respondí que a menudo la respuesta a mi pregunta llegaba así: por boca de un niño, de alguien con quien me cruzaba. Me dijeron: «O simplemente observando… una hormiga». Les dije: «¡Por supuesto!». Observé que aquellos hombres no debían de tener más de cuarenta años, pero sus rostros eran a la vez jóvenes y muy, muy viejos; me hacían pensar en hombres muy antiguos. Me dijeron: «¿Por qué se cuestiona? ¿Tiene dudas?». Les dije: «No hay ausencia de duda sin duda, ni ausencia de preguntas sin haberse planteado las preguntas adecuadas y haber sometido las propias respuestas a alguien que ya ha recorrido el camino». Me dijeron: «Es peligroso divinizar a un hombre, y es peligroso para el hombre divinizarse a sí mismo». Dije: «Yo no divinizo a ese maestro». Me dijeron: «Es peligroso pensar que el ser humano es Dios; es servidor de Dios, pero, si cree que es el creador, eso es solo una creación de su ego». Les dije: «¿No es el hombre creador de su ego?». Me dijeron: «El hombre ha creado su ego y su ego le hace creer que ha creado el mundo entero. Pero no hay otro Dios que Dios, y, aunque tiene el libre albedrío de no considerarlo el Gran Creador, esa es su única libertad. Durante el breve tiempo de su vida humana, en todo lo demás, al final es Alá quien decide». Todo se había detenido en el cibercafé: las personas de alrededor habían apartado la vista de las pantallas y escuchaban en silencio. Algo dentro de mí me dijo que dejara la discusión, las palabras, las explicaciones, y además tenía que ir a trabajar. Se lo dije y añadí que, a mi juicio, no había que intentar aferrarse, querer explicarlo todo ni comprender solo con la mente. Entonces guardaron silencio durante bastante rato y me dijeron: «En cualquier caso, este encuentro con usted esta mañana no es casualidad. Es la guía. Estamos siendo guiados, usted y nosotros. No es casualidad, y las palabras que hemos pronunciado vienen de más allá de nosotros».
Hice gassho para despedirme, y se fueron respondiendo a mi saludo con una reverencia respetuosa. Unos minutos después, uno de ellos volvió y dijo: «Parakalaofik, gracias. Este encuentro no ha sido casualidad». Le respondí: «Gracias; seguramente pronto se revelará el mensaje de este encuentro». Eso es todo. Sabine. Gracias, gracias, maestro Kosen, por su atención y por decirme qué le sugiere lo que acabo de vivir esta mañana.
Sabine
Respuesta del maestro Kosen
«¿Por qué pregunta a un ser humano —a ti—? En el Corán, Alá se define así: no hay otro Dios que Dios».
Respuesta: ¿acaso no se preguntó a los profetas?
Estoy totalmente de acuerdo con que no hay otro Dios que Dios. Entonces, ¿por qué no habrían de preguntarme? Es Dios quien pregunta a Dios. ¿Qué significa que Alá es grande? Seguramente no se trata de una escala humana y comparativa de valores; sin duda, la traducción es errónea. Para Alá, lo más grande que podamos imaginar es irrisorio. Alá no tiene límites, ni en lo grande ni en lo pequeño.
¿Cómo imaginar que haya varias religiones, si no hay otro Dios que Dios? Pero los seres humanos interpretan desde sus limitaciones.
«Es peligroso divinizar a un hombre, y es peligroso para el hombre divinizarse a sí mismo. Es peligroso pensar que el ser humano es Dios; es servidor de Dios, pero, si cree que es el creador, eso es solo una creación de su ego».
Respuesta: pienso, al contrario, que es peligroso dejar que el ser humano siga comportándose como un esclavo o como un animal, y que urge que redescubra en sí mismo la raíz divina. Cree que no es Dios: ese es el problema. Por eso no asume sus responsabilidades. O es ateo o lo espera todo de Dios, pero nada cambia porque él, el ser humano, no cambia. ¿Cómo no iba a ser Dios el ser humano, si Dios es todas las cosas?
Cuando el ser humano deja de identificarse con su ego limitado e ilusorio, se diviniza, y eso está muy bien. Por ejemplo, si miro mi mano, digo que es mi mano, que forma parte de mí, pero es evidente que yo no soy una mano; en cambio, mi mano puede decir que forma parte de mí. Y, si me quemo la mano, sufro en todo el cuerpo y en la mente; por tanto, no está separada de mí. Lo mismo ocurre en mi relación con Dios: solo soy una parte de él, pero soy completamente él y él es completamente yo.
Y, en ese sentido, si remonto con la conciencia hasta la raíz de lo que me ha creado, ya somos uno solo. Dios nos ha dejado el libre albedrío; por eso somos creadores. Pero mire el mundo que creamos, lo malo e imperfecto que es, y decimos cobardemente que no es responsabilidad nuestra. Dios espera que creemos un mundo hermoso, justo y armonioso, y somos capaces de hacerlo, gracias a Dios.
«Les dije: “¿No es el hombre creador de su ego?”. Me dijeron: “El hombre ha creado su ego y su ego le hace creer que ha creado el mundo entero. Pero no hay otro Dios que Dios, y, aunque tiene el libre albedrío de no considerarlo el Gran Creador, esa es su única libertad. Durante el breve tiempo de su vida humana, en todo lo demás, al final es Alá quien decide”».
Respuesta: precisamente, aunque crea lo contrario, el ser humano no es el creador de su ego; más bien es el mundo entero el que le ha hecho creer en él. La herencia de sus padres, la educación de su familia, la religión, la escuela, su país, la sociedad y la información le han forjado una personalidad que cree que le es propia. Por desgracia, es incapaz de crear nada fuera de lo que ya conoce y a lo que llama el mundo entero. Abandonar ese ego y el mundo que lo acompaña: entonces, por fin, es Alá quien decide a través de nosotros. No hace falta morir para eso; el paraíso de Alá existe aquí, ahora, en todas partes y siempre.
Kosen