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¿La santidad, como el despertar, no existe?

Maestro Kosen – Publicado el 10 de mayo – teaching

Pregunta

Cuando unas jóvenes llamaban santo a san Francisco de Asís, este solía responder: «No soy un santo, podría hacerles un hijo». Para mí es un koan, y mi interpretación es que la santidad, como el despertar, no existe. ¿Qué ser supuestamente despierto puede estar seguro de su reacción ante la muerte de su hijo, el diagnóstico de un cáncer, su propia muerte o la visión de una mujer hermosa desnuda?…



Anónimo

Respuesta del maestro Kosen

Un día, Francisco, san Francisco, caminaba detrás del hermano León por el bosque. Ambos estaban acostumbrados a aquellas caminatas silenciosas entre los árboles, con los colores del tiempo. Bajaron por las laderas de un barranco en cuyo fondo rugía un torrente. El lugar era apartado, de una belleza salvaje y pura. El agua saltaba sobre las rocas, toda blanca y exultante, con breves destellos azules. Desprendía una gran frescura que penetraba en la maleza de los alrededores.
Algunos enebros habían crecido aquí y allá entre las rocas que dominaban el agua en ebullición.
«¡Nuestra hermana el agua!», exclamó Francisco al acercarse al torrente. «Su pureza canta la inocencia divina».
Saltando de una roca a otra, el hermano León no tardó en cruzar el torrente. Francisco lo seguía y tardó más. León, que lo esperaba de pie en la otra orilla, contemplaba el agua límpida que corría veloz y, cuando Francisco llegó a su lado, permaneció en su actitud contemplativa. Parecía incapaz de apartarse de aquel espectáculo. Francisco lo miró y vio tristeza en su rostro.
—Pareces pensativo —le dijo sencillamente.
—Si pudiéramos tener solo un poco de esa pureza —respondió León—,
también conoceríamos esa alegría loca y desbordante de nuestra hermana el agua y de su impulso irresistible.
En sus palabras se percibía una profunda nostalgia. La mirada de León se fijaba melancólicamente en el torrente, que no cesaba de huir en su pureza inasible.
—¡Ven! —le dijo Francisco, tirando de su brazo.
Ambos reanudaron la marcha y, tras un largo silencio, Francisco preguntó a su amigo:
—¿Sabes, hermano, qué es la pureza de corazón?
—No tener ninguna falta que reprocharse —respondió León sin vacilar.
—¡Ah! Comprendo tu tristeza —le dijo Francisco—; siempre tenemos algo que reprocharnos.
—Exactamente —dijo León—, y eso es precisamente lo que me hace desesperar de alcanzar algún día la pureza de corazón.
Francisco le dijo:
—Escucha, hermano León, no te preocupes tanto por la pureza de tu alma. Dirige más bien la mirada hacia la existencia universal, admírala, alégrate de lo que es en toda su pureza, su espontaneidad y su gracia. Eso mismo, hermanito, es tener el corazón puro. Y, cuando estés así vuelto hacia Dios, no vuelvas sobre ti mismo, ni siquiera te preguntes en qué punto estás. Tu tristeza por no ser perfecto sigue siendo un sentimiento humano. Tienes que ampliar tu mirada, agrandar tu visión. El corazón puro es el que percibe al Dios vivo y se vuelve hacia él.
Entonces León respondió:
—Pero la santidad y la pureza exigen nuestro esfuerzo.
—La santidad no es una realización de uno mismo ni una plenitud que uno se concede. La santidad es, en primer lugar, un vacío, siempre que lo aceptemos, y ese vacío se llenará de esa existencia universal en la medida en que nos abramos.

Kosen


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