Pregunta
He leído sus conversaciones entre Stéphane, Roland y Étienne, las preguntas de los
practicantes, monjes y monjas… y las mías, mezcladas con ellas. Y, de
repente, ¡solté una gran carcajada, una risa estrepitosa!
Gracias por mostrarse humano entre los humanos. Mi corazón ha recibido una lección
de humor y amor, entre otras que me alegran la vida:
¡Oh, tiempos de amor, tanto odio a cambio!
Vi a Taisen Deshimaru escuchándoles y mirándoles como a sus hijos que corren
por el parque de La Gendronnière, y estallando en carcajadas al verles discutir,
reivindicar, defender, argumentar, llorar, esconderse y reaparecer… Vi a un
padre reír con todo su corazón, con todo su ser, y regañarles con su voz grave
y algunas enseñanzas: escúchenlo a través de todos los seres que les
hacen tantas preguntas a ustedes, esos «niños»; la suerte que tuvieron de estar
a su lado y de beneficiarse de su fe.
Nací en 1967
y hace casi treinta años que el budismo entró en mi vida
a través de los textos, de los libros: Rampa… Una verdadera alegría para un niño
que no entendía nada de la iglesia que intentaron inculcarle.
¡Nada surtió efecto!
El segundo encuentro fue con Chogyam Trungpa, cuando aún estaba en el instituto.
El intelecto quedó «perturbado», pero el corazón, una vez más, reavivado y fortalecido.
Después llegó Taisen Deshimaru, un libro y la descripción del zazen.
Practiqué zazen solo durante mucho tiempo…
Un refugio.
A. David-Néel también alimentó mis reflexiones.
Y guardo cerca de mí un texto de Kodo Sawaki.
No soy un erudito, ni un monje, ni siquiera socio de una asociación.
Quise unirme a una sangha, a un grupo, pero no surgía nada.
Mucho después conseguí abrir la puerta de un dojo de la AZI.
Practiqué zazen con otros: una gran alegría, el simple silencio
de un grupo de seres en zazen.
Algo me molestaba: sentí la presencia de la política en
aquel lugar, aquella asamblea, aquella asociación…
Cosas contra las que, de niño, había luchado interiormente para no doblegarme
ante la inculcación de una doctrina que, a fin de cuentas, resultaba natural, puesto que
estaba inmerso en esa cultura de iglesia, amablemente presente, que habría podido hacerse
pasar por un árbol o una flor en el paisaje de un niño, para que la respirara
agarrado a las faldas de la iglesia hasta el final de sus días.
Había ecos de todo eso en aquel dojo, y no era el incienso.
Yo quería practicar zazen. Me fui.
Voy a cumplir cuarenta años y voy a celebrar ese cumpleaños
junto con el aniversario del comienzo de la labor de Taisen Deshimaru.
Para mí tiene un sentido. Él está en mi corazón, en mi vida,
y quiero decirte,
Stéphane, maestro Kosen, que has tocado mi corazón y que también siento
la tristeza que experimentas y expresas, que recibo en mi ser la fuerza de tu fe,
que esa posición que defiendes es difícil y seguramente
necesaria.
De mi corazón a tu corazón.
Anónimo
Respuesta del maestro Kosen
I shin den shin.
Kosen