Pregunta
Stéphane, tengo un gran problema: practico con un maestro zen soto cuya enseñanza sigo desde hace dos años. Practico con él y con su sangha todos los días, dos veces al día.
Este maestro me dio enseguida muchas responsabilidades: shusso, kyosaku, campanilla, ino, tomar notas en el dojo y en sesshin, secretario de un servicio y de otro; me pide que asista a todas las reuniones entre dojos o destinadas a promover el zen, y me pide que asuma aún más responsabilidades.
Todo ello me ha enseñado mucho y siento una gran gratitud por este maestro, porque, aunque soy una persona responsable en la vida, no tenía especial interés en asumir tantas responsabilidades en el dojo. Para mí, la mayor responsabilidad es seguir practicando zazen y vivir iluminando la vida con la mirada de zazen.
Sé bien que hacen falta
personas responsables para promover el zen y ayudar a los maestros a continuar su misión. Pero el problema es que, desde hace dos años, zazen tras zazen, sesshin tras sesshin —como mínimo una o dos al mes— y responsabilidad tras responsabilidad, me he olvidado de vivir. Estoy exhausto, caigo enfermo y me he metido en una situación económica grave, porque ya ni siquiera tengo tiempo de hacer mis
cuentas. A veces no tengo tiempo de lavarme y a menudo solo como una vez al día porque ya no tengo tiempo de comprar ni de cocinar… porque, además, trabajo.
¡Me he olvidado de vivir! Ahora ya no puedo más, parezco un trapo, he adelgazado mucho, estoy sin aliento. Además, durante dos años, en el dojo se ha prestado mucha atención al ritual al estilo japonés, al milímetro: ritual perfecto, impecable, no cometer errores… Fuera del dojo, media hora después de zazen, el maestro toma café con nosotros y se va; por la noche, a veces una horita todos juntos con una infusión después de zazen y se acabó. Ese maestro nunca nos ve a nosotros, sus discípulos, fuera del dojo, salvo con cita para una entrevista individual.
¡Pero me estoy muriendo! Necesito a mis hermanos y hermanas que no practican zazen, necesito la totalidad, no solo practicar dentro del dojo, de la sangha, del grupo, sino en todas partes…
Así que he empezado por renunciar a una de esas responsabilidades porque sufro mareos, me desmayo en la calle; tengo que ir al médico y descansar. Pero tengo ganas de dejarlo todo, salvo zazen: seguir yendo todos los días al dojo a practicar, pero renunciar a todas las responsabilidades a la vez. En el dojo, por supuesto, no en la vida.
Ayúdeme, dígame si esa decisión es buena, deme consejos.
Guillaume
Respuesta del maestro Kosen
Demasiado cerca, uno se quema; demasiado lejos, tiene frío: es como una bola de fuego…
Ni siquiera un maestro debe hacerte abandonar tu centro. Eres tú quien debe dirigir tu vida y tomar tus decisiones. Es como en un avión: primero hay que ponerse la mascarilla de oxígeno antes de ocuparse de los demás; si no, uno se desmaya y ya no puede ayudar a nadie.
La vida corriente es un buen maestro y podrá enriquecer tu práctica tanto como permanecer encerrado en un mundo zen aislado del resto.
Por mi parte, sigo la enseñanza del maestro Deshimaru, que nos enseñó a integrar nuestra práctica en la vida real. Las sesshin y los campos de verano son las ocasiones en las que debemos sumergirnos al cien por cien en el mundo del zen. Pero no debemos olvidar nuestra propia responsabilidad: gestionar nuestra propia vida. Y eso ningún maestro puede hacerlo por ti.
Sigue ayudando al dharma todo lo que puedas, pero solo si lo haces con alegría natural y eso te hace feliz; si no, deja el sitio a otro que tenga más ganas que tú. Recuerda: no hay nada que perder salvo la felicidad de vivir cada instante.
Kosen