Zazen nos revela la naturaleza verdadera
de la realidad
Zazen nos revela la naturaleza verdadera de la realidad.
Se tiene así mismo, una necesidad suprema de comprenderla. Ahora bien,
la naturaleza verdadera de la realidad es no tener realidad.
Desde el punto de vista humano, esta realidad no es una. En nuestra
época, los hombres, digamos los intelectuales, habituados a superar
exámenes, capaces de rellenar una copia sobre cualquier tema, tratan
de hacer correr su pluma
para hablar de ello. Pero cuanto más solicitan la realidad, más
se
elude ésta.
Los hombres no ven más que cosas de hombres. Un pez, sólo ve
su mundo de pez, un ladrón ve ladrones por todas partes. Me han contado
que un magistrado decía complacido: «A mí todo el mundo me parece
un
criminal." Sin duda lo decía de veras. Es normal que para él cualquier hombre
sea culpable. Incluso si se venera a un buda, y se es
anticuario, uno estima su valor. " ¿Cuánto? ¿A qué precio podría
venderle? "
Un hombre que acaba de robar algo tiene miedo y huye. Los policías
que se lanzan a preseguirle, miran atentamente a los transeuntes preguntándose
si el tipo que está delante de ellos es el ladrón. Así, el perseguidor y
el perseguido caminan cada uno en mundos diferentes. He aquí
porque la realidad es tan difícil de aprehender.
Descubrir la naturaleza verdadera de la realidad; es abarcar
con una sola mirada el panorama del universo. Para ésto basta con mirar por
debajo de las gafas o, mejor aún, quitárselas. Comprender el universo de
una única ojeada no es un problema de cantidad, sino de calidad.
Incluso aunque se evaluara la distancia del mundo en mil millardos
de años luz, más allá aún permanecería lo desconocido. En
el Sutra del Loto, la duración del universo se estima en quinientos
ciclos cósmicos. Infinitamente grande, infinitamente pequeño, el mundo es ilimitado.
El verdadero problema no es ni el tiempo ni el espacio, es la esencia del universo.
Ver la realidad del universo de una única mirada, todo está allí
y sólo allí, cada uno puede realizar ésto durante zazen.
Los seres humanos no son otra cosa, en una vasta perspectiva biológica,
que champiñones. Cada uno hace encarnizadamente categorías del tipo:
un alto funcionario, un rico, etc., pero no somos
otra cosa sino champiñones nacidos de un soplo. Somos champiñones
de una noche. Por otra parte, estos champiñones existen en el mundo de los sueños,
nada es verdad. Los conceptos que nos hacemos no son nada más que este reino de los
sueños.
Antiguamente, no había ni telescopios para mirar el cielo ni rayos
X. No existía nada de ésto. Era necesario, pues, equiparse uno mismo
con ojos capaces de ver bien sin ayudas de telescopios ni microscopios.
Entonces, un día, por primera vez, un ojo percibió la realidad
en su totalidad. Este ojo, extraordinariamente penetrante, se vió a sí mismo
tan bien como vió a los demás. Penetró la felicidad y la
desgracia, y mirando toda cosa en este mundo con su ojo prodigioso, por
primera vez se le apareció un mundo donde no nada existía.