Sobre la naturaleza de la vacuidad
Artículo del Dr. Vincent Vuillemin, monje zen, jefe de proyecto del
CERN

Durante mil millones de años nuestro mundo al enfriarse se convirtió
en un mundo de materia. Como una forma de energía en reposo, se definen
contornos, formas, de un mundo visible y tangible. Nuestra percepción
común nos permite pues definir lo que llamamos lo vacío y lo lleno.
Lo lleno está constituido en nuestra mente por la materia, el vacío
por lo que la rodea, uno definiéndose en relación al otro de manera
relativa. No hay lleno sin vacío, y vacío sin lleno. Esta forma
de dualismo, intrínseco a un mundo materializado, se encuentra también
de manera transpuesta entre todo componente material y componente invisible,
intangible, como, por ejemplo, el cerebro y el pensamiento, el cuerpo y el espíritu,
los ojos y la visión o la oreja y los sonidos. Lo que podemos llamar
la vacuidad supera en gran medida el dualismo de lo vacío y de lo lleno,
siendo en sí mismo no sólo un concepto sino también una
realidad física, la única en sí mismo, no recurriendo a
ninguna definición relativa. Sin embargo, según el ámbito
en que se lo considere, tanto en el mundo de la física, los fenómenos,
el pensamiento como la conciencia, su significado debe ser trasladado al lenguaje
por enfoques explicativos distintos, aunque la esencia de su comprensión
intuitiva sea común, única, no diferenciada, la naturaleza de
la vacuidad.
A partir del principio del siglo XX se desarrolló, tanto por la observación
como por un enfoque intuitivo, la física cuántica, llamada también
la teoría de los quanta. La base es que se cuantifica toda forma de energía
en nuestro mundo, circunstancialmente por supuesto toda forma de materia también;
es decir, que el espectro de la energía no procede de manera lineal o
continua sino por saltos sucesivos, por granos de energía, llamados los
quanta. La más pequeña forma de energía mensurable es pues
un único quantum, dado que se constituyó todo el resto de múltiplos
de un quantum. Tan pronto como una forma de energía supera la unidad
de un quantum, surge en el mundo visible, tangible, mensurable, lo que se puede
llamar el lleno. Una analogía macroscópica podría ser representada
por una escalera donde sólo existen los niveles, nada es visible en el
espacio que los separa.
Sin embargo es legítimo pensar que entre dos quanta de energía
existe directamente una forma no mensurable de campos energéticos. Toda
observación tendría pues como consecuencia de proyectar este mundo
invisible en el mundo material. El mundo material siendo el mundo la de las
formas, las formas que estos campos energéticos tomarán cuando
se proyecten en este mundo serán distintas, dependiendo de la forma en
que se realice esta proyección, esta medida, esta observación.
En este sentido, toda observación, u observador, según el método
que utiliza va a cambiar la realidad del mundo material, si se concibe el término
de realidad como todo lo perteneciente al mundo visible. Esta observación
puede por otra parte aplicarse a otros ámbitos como la conciencia o el
pensamiento. Según la física cuántica, comprobada por la
experiencia, esta proyección dará siempre una medida de un número
entero de quanta.
IEs entonces legítimo también plantearse si cualquier cosa invisible
para nosotros existe sin embargo de manera subyacente del mundo material, cualquier
cosa cuya energía local es inferior a un único quantum de energía.
Estaríamos tratando entonces con una especie de océano de energía
infinitamente ancho, invisible, cuya manifestación no penetraría
directamente en nuestro llamado mundo real sin una acción exterior. Un
océano de energía, sin aspecto, sin forma, sin realidad en el
sentido del término antes definido. Y sin embargo, ese mundo, por debajo
de un único quantum, existe aunque no sea observable directamente. Además
no se lo puede considerar como vacío, ya que contiene campos de energía.
Esto es lo que se puede llamar el mundo de la vacuidad, o de ku. De ese mundo
surgen sin cesar gracias o a perturbaciones exteriores, o gracias a concentraciones
locales de campos, quanta de energía visible, o de materia como las partículas
elementales. En este sentido ku se convierte en fenómenos, de la vacuidad
surgen los fenómenos materiales. De la misma forma en interacciones o
aniquilaciones de partículas, la energía correspondiente a sus
masas da la vuelta en este océano infinito de energía muy extendido
y desaparece de nuestra visión. Los fenómenos dan la vuelta a
ku, las partículas elementales dan la vuelta a la vacuidad. Esto para
la naturaleza de la vacuidad vista desde un enfoque de la física cuántica.
Este enfoque de la vacuidad y la aparición de la forma puede también
hacerse en el ámbito del pensamiento - la forma - y del no pensamiento
- la vacuidad. De la misma forma que existe el océano de la energía
subyacente del mundo material, existe el océano también del pensamiento
sin aspecto, sin forma, que se podría llamar el no pensamiento. El pensamiento
es evidentemente conocido, tomando a menudo la forma de imágenes, o de
reflexiones, de razonamiento, según una organización que cubre
todo un ámbito que va del pensamiento furtivo al reflexivo. Sin embargo,
el mundo del no pensamiento existe también, siempre de manera subyacente,
no tomando ningún aspecto diferenciado; permanece en estado latente,
nadando en la totalidad del cuerpo. La práctica de zazen nos permite
acercarnos, sin tocarla, a esta vacuidad del pensamiento. Esto puede ponerse
en relación con lo que Dogen llamó pensar sin pensar, el primer
término haciendo referencia al pensamiento consciente, el otro invisible
en el mundo del no pensamiento, "existente" sin embargo por sí
mismo. De una manera similar a como las partículas elementales surgen
localmente de la vacuidad física, los pensamientos aparecen a partir
del mundo infinito del no- ó sub-pensamiento. La relación íntima
y el conocimiento intuitivo e integrado del cuerpo permite entonces, no hacerlo
aparecer, esto que forma parte del ámbito del pensamiento, sino experimentarlo
de manera no expresada, como los fondos de un océano desde el que se
pudieran observar las olas de superficie.
Un enfoque similar puede también conducirse para otros conceptos. Por
ejemplo, y entre otras cosas, la humanidad y el conjunto de los seres sensibles.
El conjunto de los seres hace referencia a múltiples individualidades,
como gotas de agua, la humanidad haciendo referencia a una única entidad,
no separable y subyacente, imposible de describir con palabras, similar a un
océano infinito. Toda descripción de ésta por el lenguaje
lo proyectaría por otra parte en el mundo de la forma, lo material, de
todos los seres humanos en tanto que individuos. Allí puede también
aplicarse el paralelismo con la vacuidad y los fenómenos de la realidad.
De la misma forma que ku genera los fenómenos físicos o psíquicos
y que los fenómenos vuelven a ku, la humanidad genera los seres humanos
y éstos regresan a la humanidad. Están los dos. En este sentido
la frase de Buda que hace alusión a la salvación de todos los
seres sugiere no sólo una salvación de la humanidad sino también
la de todos los individuos. Al final son indisociables. Esto puede traducirse
a la vez en el deseo de salvar a la humanidad en su totalidad como también
por hacer el bien cada día para salvar a los individuos. Salvar solamente
a la humanidad sin los individuos sería vacío de sentido y salvar
a los individuos sin hacer referencia a la humanidad entera no contendría
ninguna consonancia universal. Se trata pues de seguir las dos Vías,
que sólo son realmente una, de la misma forma que las partículas
elementales no pueden existir sin el océano subyacente de una energía
infinita, y el océano de energía infinita sólo existe gracias
a sus manifestaciones en el mundo material.
En conclusión de estas indicaciones, la naturaleza de la vacuidad, aunque
teniendo resonancias diferentes según los ámbitos donde se aplica,
sigue siendo un concepto no expresable. Todo no es más que la punta visible
de un iceberg incluida en la totalidad invisible aunque existente sin embargo
en profundidades desconocidas. Toda conciencia de ésta lo proyectaría
inexorablemente al mundo visible, tangible, de lo real, de la forma.